Escribir piezas a cuatro manos implica abrir, a un tiempo, un diálogo íntimo y una confrontación. La ejecución para cuatro manos es una lucha en la que se entrelazan los cuerpos –físicos, melódicos– y las propias agonías. En el mismo banquillo, ambos ejecutantes bailan, se cruzan de manos, guardan silencio y se acompañan o se confunden como un solo animal mitológico que avanza hacia la muerte. En Resabios negros, Alejandro Tarrab tiende el papel para trazar, junto a su abuela, varias series de notas suicidas. Ambos –yo lírico, “madre de mi madre”– descienden a las honduras del lenguaje y el dolor: ese territorio en donde se confunden la vida y la muerte, la carne y la palabra; ese territorio en donde pareciera no haber lenguaje para referir el arrojo, la mano levantada contra sí. Este libro, hecho de voces que se quiebran y se pliegan sobre sí mismas, es una elegía de la lengua: el poeta sabe que es necesario seguir diciendo incluso cuando ya no queda nada por decir. En este espacio de fractura, la escritura se vuelve
rito y exorcismo. Tarrab explora una lengua de invocaciones, “si tuviera un dios le arrancaría los riñones para ponerlos donde va la mía”, y de imágenes de sacrificio. El poema intenta sostener la palabra cuando todo se ha roto y, en ese umbral, el yo se desvanece en su propio eco.