Hay sonidos que nacen en el mismo sitio: el aullido, el canto, el llanto, el reburdeo, el bramido. Formas distintas de expulsar aquello que el cuerpo no consigue contener del todo. En estos poemas, el llanto rara vez aparece como desborde; habita, más bien, en la contención: en el instante previo a la lágrima, cuando la mirada se empaña como un parabrisas bajo la lluvia o como la respiración de alguien que intenta sostenerse un segundo más. Formas del llanto recorre el último sonido que hará un cuerpo –desde un retrato de Frédéric Chopin hasta el padre que exhala su último aliento en medio de la plaza– y encuentra en esos gestos una música áspera, baja y grave: el “presagio de lucha y sangre” que antecede a la caída. Aquí conviven la persona que contempla el mundo desde la ventana de un edificio y las morsas que avanzan, torpes y espectrales, hacia el borde del hielo; la tristeza úbita de una camisa que ya no ajusta igual y el bramido del sol sobre una plaza repleta. Cada poema está cargado de una sensibilidad que observa
la pérdida no como una catástrofe aislada, sino como una condición inevitable de la materia viva. El duelo aparece entonces no sólo en la muerte, sino también en las pequeñas deformaciones de la memoria, en la ropa que deja de pertenecernos, en la intemperie que se instala lentamente dentro de las cosas. Estos poemas no buscan explicar el dolor, sino escuchar la manera en que resuena dentro de todo lo vivo.
Christian Peña